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4 de enero de 2009

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Un día de furia
Por Jorge Loncón

El día 31 de diciembre de cada año, es un día de furia. Pero no es una furia de uno contra otro u otra, más los plurales del caso. No, es un día de furia en contra de nuestro estómago, contra nuestro aparato digestivo, contra nuestros riñones y contra nuestro hígado. Puede que haya otros tipos de furia comprometidos en el proceso del día 31, pero la que predomina es la furia de tipo gástrico, con las consecuencias que pueden lamentarse hasta varios días después, y con el consiguiente aumento de consultas a gastroenterólogos, internistas, y exámenes por kilos para descartar kilos de cualquier cosa, concluyendo finalmente que se descarta todo y que el tipo o tipa sólo tiene una diarrea de los mil demonios, porque el organismo aguanta, pero nunca tanto.

Comencemos señalando que en ese día se cometen varios discursos que provocan las primeras molestias estomacales, las que – incluso - descienden hasta provocar inflamaciones testiculares. En el cocktail de fin de año, cerca del mediodía del 31, en todas partes se propina a los funcionarios un cocktail donde conviven con muchas dificultades los choro zapato con jugo de naranja, el ceviche de salmón con agua mineral y las empanaditas de queso con vino tinto. En una segunda ronda, vienen los trozos de pastel con crema chantilly y pickles ensartados en palos de fósforo de cierta extensión. Quienes resisten hasta el final, se quedan casi solos a disfrutar de las brochetas de carne, que se consumen con el acompañamiento y alto auspicio de un vino tinto casi blanco. En ese punto, las tripas del ciudadano comienzan a conversar a gritos, y se escuchan ruidos idénticos a los que provienen de algún taller mecánico de avenida presidente Ibáñez. La conversación de tripas alcanza decibeles similares a cuando se discute en el parlamento el financiamiento al transantiago.

Una vez terminado el cocktail y la jornada laboral, hay que darse a la tarea de “`pasar a dejar” el aporte para el almuerzo del “familión” del día siguiente. En esa corta visita, hay que ingerir una cazuela de cordero, seguida de un plato de puré con un bife que lo cubre como carpa. Todo esto acompañado de un postre de sémola con leche, decorado con crema de maicena y vino tinto y nada más, porque en casa lo esperan a uno para almorzar. Al partir, y antes de subirse al auto, media docena de ciruelas provocan algunos retorcijones que disminuyen a medida que uno aumenta la velocidad del vehículo.

Después de estos aperitivos, viene el almuerzo del 31 en casa, que es una especie de apresto para la cena. La “entrada” consiste en tomates rellenos y el plato de fondo es un bife de cerdo moderado ( el bife), acompañado de abundantes papas nuevas que ya están viejas. El postre es también livianito, pues consiste en helado de piña con fruta picada en conserva, servido en tiestos de a litro. Todo esto se cierra con una pertinente taza de manzanilla, que no logra eliminar los recurrentes sonidos gástricos y que sí aumenta un estado general de hinchazón abdominal, y también cerebral. En efecto, uno empieza a experimentar una hinchazón parecida a la que se sufre, luego de las conferencias de prensa de los partidos políticos, que no pueden ocultar que se indigestaron con la encuesta presidencial, en que el ganador es Farkas.

Por la tarde, hay que “hacer hambre”, de manera tal que a eso de las 18 horas, basta con un “tentempié” consistente en cuatro marraquetas con mantequilla, atravesadas por salchichas crudas y levemente cubiertas por ají en pasta, acompañado de una bebida light, porque hay que cuidarse, no es cuestión de abrir la boca y tomar cualquier gaseosa, porque algunas de ellas son perjudiciales para el estómago.

A la espera de la hora de salida a cenar, un malsano afán de indigestarse, provoca que uno encienda el artefacto llamado televisor. Hay en el aire una teleserie protagonizada por conductores de programas de televisión. Sucede que un bicho equis, deja el canal en que trabaja para ir a atormentar a los telespectadores de otro canal. Cada uno de los panelistas despide al amigo, con discursos tan emotivos y profundos que parece que lo estuvieran sepultando. Y con tanto sentimiento, que llorarían hasta los perros, si es que éstos desperdiciaran su tiempo e inteligencia frente a la pantallita. Después del programa, uno siente la necesidad de evacuar, que en este caso viene a ser lo mismo que desalojar, como dijo Allamand. Sin embargo, sólo hay un incremento del ruido.

Llega la hora de la cena entre amigos, y la variedad es la tónica: carne al jugo, carne asada, carne a la pimienta y a la mostaza y salmón al horno, con papas mayo, papas fritas, papas doradas, papas cocidas y ensaladas de distintos colores y aromas, vino tinto con aspecto de vino tinto y vino blanco con aspecto de sidra, cerveza en garrafas, rematado todo esto con tres postres al hilo: duraznos con crema, helados con fruta y brazo de reina. Al final, una manzanilla, porque hay que cuidar la guatita. No se puede ser irresponsable con el cuerpo, porque el cuerpo tiene sus urgencias, como dijo Larraín.

Luego de los abrazos, arrecia la sed, de modo que hay que saciarla con vino con frutas y pisco sour en tazones, picoteando uno que otro maní y una que otra papita frita. La música en casa de los amigos – por suerte – está a tal volumen, que no es posible advertir los gritos de protesta que emanan de las tripas. Se habla largamente de la pobreza, de la crisis, de la mala situación del país y de nuestros salarios de hambre. Emocionados, hacemos un brindis y nos comemos todo lo que quedaba en las bandejas, por si el 2009 no nos da esa opción. Durante la noche, el día de furia del aparato digestivo, culmina con los alaridos de las tripas, quejándose de no sé qué. En cambio, los riñones y el hígado trabajan a full y no se quejan. Serían los empleados ideales de las pesqueras.

En el almuerzo del familión, al día siguiente, asado de cordero, asado de vacuno, asado de cerdo, regado con pebre y ají y papas en todas variedades de tamaño y sabor. Al culminar el almuerzo, ponche de frutas en toneles y kuchen de ciruela, de miga, galletas de miel, de chuño, todo bajo el fantasma de la crisis. Es entonces cuando el grito de protesta de las tripas, se transforma en un movimiento revolucionario, con un insospechado componente de violencia, que obliga al ciudadano a encerrarse en el retrete durante horas, mientras se pregunta qué cosa le habrá hecho mal.

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