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11 de enero de 2009

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Titanic Montt
Por Jorge Loncón

Con mi diez por ciento y el bono de término de conflicto del último movimiento gremial público, puedo tranquilamente abordar uno de los transatlánticos que nos visitaron. Eso sí, tendría que bajarme en Isla Maillen, y volverme en un bote previamente arrendado. Pero el viaje de treinta minutos en algunos de esos titanics, quedaría en mi bitácora de vida con letras ilegibles. Perdón, indelebles. Y podría describir con lujo de detalles cómo se ve Puerto Montt desde el piso 18 de ese barco, y mirando con catalejo cómo se ven nuestras torres gemelas, a medida que vamos dejando atrás las multitiendas - palafito y las poblaciones Manuel Montt y Pichi Pelluco. Debe ser especial experimentar la sensación de dejar atrás los incendios forestales de la temporada primavera – verano, en esta época en que se re-arman los pirómanos: unos, adquiriendo fósforos y parafina; otros, transformándose en bomberos con traje de rifa pre-navideña , a la salida de cualquier parte.

Mirando los transatlánticos, esos acorazados del consumo, esos centros comerciales flotantes, es legítimo preguntarse por qué no se aprovechan mejor esas moles que recalan a vista e impaciencia nuestra, y se les utiliza para re-crear algún drama, melodrama o dramón cinematográfico. La idea no es mala, y podría asegurar mano de obra en un año “particularmente complejo”, como dicen los siúticos, comentando una crisis de la cual comprenden mucho poquito nada. Esto último, se les nota. Se podría, por ejemplo, filmar una versión de Titanic de carácter regional, pero sin excluir datos y nombres del quehacer nacional y transnacional.

Al contrario de la película clásica, en que se cuenta la historia de un tipo que se subió al Titanic buscando nuevos horizontes y viejas fortunas, en la versión regional se contaría la historia de Leo ( en homenaje a Di Caprio), un tipo que vino a hacer fortuna a esta esquina del mundo y produjo y produjo y produjo , contaminando, contaminando y contaminando, hasta que las vacas se pusieron flacas ( o sea, los salmones se pusieron isa), debiendo comprarse un boleto de tercera en el TITANIC MONTT con la intención de desembarcar en la undécima y ver que cositas pueden contaminarse - sin costo - por allá.

El tipo en cuestión - Leo – es un artista frustrado y de repente dibuja. Pero dibuje lo que dibuje, siempre asoma un pulpo como resultado. Un día en que está tendido en la piscina del barco, luego de haber consumido todo el ron cubano que encontró en un local que ya no podrá venderlo, se fija en una hermosa muchacha, a la que solo le falta gracia en la cara y todo el cuerpo. Ella es Kate ( en homenaje a la Winslet), una rebelde, a quien su madre insiste en casar con un salmonero, que la llena de “Collares Neira”, pero ella – como es tincada- dice que no, no y no, más ahora que la industria está en riesgo y que los capitalistas claman al Estado una ayudita por el amor de Dios, olvidando que el estado es un demonio y que los ángeles son privados y recordando que las ganancias son privadas y las pérdidas son del estado.

Mientras el tipo sacrificadamente consume su ron, observa que ella está pegada a la baranda del barco y, queriendo hacerle una broma, se acerca y la empuja, pero Kate se da vueltas y , haciendo uso de sus conocimientos de judo, le aplica un golpe que hace volar al tipo de vuelta a su asiento, al borde de la piscina. Luego se acerca desafiante, y le escupe reiteradamente el chilenismo terminado en ón. Leo está enojado, pero sabe que no debe propinarle chilenismos terminados en ona, porque allí ardería troya. Canaliza su furia por otro lado, diciéndole que esta es una región pésima y que Montt está muerto. Ella se desconcierta y guarda silencio, pero luego lo ve dibujando: en el block que él utiliza, hay docenas de pulpos, pulpitos y pulpotes, muy bien trizados. Digo, trazados.

Ella cambia el chip y pregunta si él puede hacerle un retrato. El accede. Cuando termina, un enorme pulpo con la cara de ella, llena la página. Sobrecogida por el talento del artista, ella estira sus tentáculos y lo atrapa. La escena debe culminar con Kate parada en la proa del barco, mientras él la sostiene por la cintura y de fondo se escucha la música de La Terrible Sonora, que suena ídem. Mientras la escena se diluye, se diluye también la Terrible Sonora y se escuchan los delicados arpegios de Los Charros de Lumaco. Cabe señalar que el grupo que pone la música en vivo y en directo y en carne viva para los pasajeros de la nave, es Trifulca, que - después de tocar- deja el ambiente ídem.

La pasión hace presa de Leo y Kate y hacen el amor en la sala de máquinas, detrás de unos tambores de aceite. En el momento del clímax, sobreviene un temblor que sacude completamente el barco. Ellos creen que tan descomunal conmoción, es efecto del apasionado encuentro, pero cuando logran salir a la superficie, comprueban que se han estrellado con una cantidad increíble de redes – jaula – balsas y montañas de salmones sin posibilidad alguna de exportación. El capitán del barco, sabe que se hundirán en cosa de minutos, por lo que ordena abordar los botes salvavidas. El líder de la banda “trifulka” llama a sus compañeros y les dice: “cabros, fue la raja improvisar con ustedes” y comienzan a tocar sin contemplaciones mientras el barco se hunde.

Leo y Kate logran aferrarse a los restos de unas redes jaula. Es de noche, están cerca de la isla Tabón y a lo lejos se divisan las luces de Calbuco. Ellos flotan un par de horas, experimentan el hambre en estómago propio y sueñan con el curanto más grande del mundo, el próximo domingo. De pronto, en la oscuridad, ven acercarse una “chalupa” y un pescador artesanal los recoge. La chalupa está llena de salmones y Leo le dice al pescador que es un delito pescar salmones que han huido de las redes jaula. El hombre le contesta que ellos no tienen cómo saber la procedencia de los salmones, respuesta que indigna a Leo: se arroja sobre su salvador y lo empuja a las heladas aguas. Luego, toma los remos y avanza hacia Calbuco.

En el trayecto, ella lo increpa duramente y él guarda silencio. Entonces advierten una patrullera que se acerca. Leo le dice que la mujer que está frente a él es cómplice del robo de salmones y que el autor material se cayó de la chalupa. Los patrulleros le piden confeccionar un retrato hablado del delincuente de mar que hacía de las suyas con los salmones. Leo se da a la tarea en forma entusiasta, pero cuando entrega el dibujo, los policías lo miran atónitos. Kate, que ha permanecido en silencio, le dice: “el del dibujo eres tú, es tu cara con cuerpo de pulpo”. Mientras se los llevan detenidos, Leo se esfuerza en ordenar sus ideas, pero es imposible. Una gran trifulca invade su cerebro de salmón.

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