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31 de julio de 2011

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EL SEÑOR DE LOS CABALLOS
Por Jorge Loncón

Alberto Cardemil, abogado y diputado especialista en caballos, es uno de los ejemplares más exóticos del mundo de la derecha política, empatando con otros exóticos de la vereda del frente, aunque por razones distintas. Este ejemplar se inició en el servicio público en el gobierno militar como asesor del Ministerio de Agricultura y luego como vicepresidente ejecutivo de INDAP. Como se ve, desde temprano estuvo ligado al mundo animal. Y cuando se menciona un “empate” con otros exóticos, es porque él representa bien la búsqueda de ese resultado futbolístico, en que “igualar” el marcador constituye un excelente resultado.

El conocimiento del mundo animal llevó a Cardemil al cargo de Subsecretario del Interior en los años 86-87-88, período en que más de cien chilenos fueron “faenados” por el aparato represivo del Estado, sin que este culto hombre de las letras (se autoconfiere el título de “escritor”), se diera por enterado, porque - como se sabe - ningún funcionario del régimen de entonces sabía nada de los mataderos que quedaban unas pocas cuadras más allá de La Moneda. Por ende, la inocencia y desinformación de Cardemil debe quedar fuera de toda duda.

La biografía del exótico “hombre de letras”, consultor en temas culturales de la Federación del Rodeo Chileno y de la Federación de Criadores de Caballos Chilenos”, deja a “tiro de cañón” a Cardemil, para oficiarlas de crítico de TV, porque hace rato estamos necesitando una buena censura, para que nadie “manipule conciencias”. Lo cierto es que al diputado en cuestión no le preocupa la basura diaria de la TV: le preocupa que la basura acumulada antaño - en sus días de gloria - se mantenga estrictamente bajo la alfombra.

Hace poco tiempo, el ejemplar hizo una “severa” autocrítica respecto a su rol en la dictadura: “con lo que hoy conozco, habría sido más prolijo, más desconfiado, menos proclive a dar por ciertas versiones oficiales". Lo concreto es que las versiones las daba él, por lo tanto, es difícil que no se hubiese creído a sí mismo. Probablemente hasta hoy siga creyendo que el Plebiscito del año 88 lo ganó el Sí, y haya costado un mundo convencerlo para que – muy entrada la noche de ese 05 de octubre – saliera a reconocer el triunfo del NO. Todos sabemos que la Fe mueve montañas.

Como crítico de televisión, Cardemil muestra toda su talento al referirse a la serie “Los Archivos del Cardenal: “el contexto e intención de la serie (técnicamente admirable, con jovencito terrorista puro y mal hablado, cura no pedófilo, niña idealista, agricultor avergonzado de ser patrón, juez implacable con los uniformes, suspenso en la música de fondo y nicotina ambiental que recuerda el buen cine francés) vulnera las orientaciones de TVN que la obliga a ‘la presentación equilibrada de hechos y opiniones, reconociendo la diversidad de perspectivas y sensibilidades que se dan en el país’”.

Cuando Cardemil señala “técnicamente admirable”, nos damos cuenta que el ejemplar no sólo sabe de caballos, sino también muchísimo de TV, porque no cualquiera es capaz de emitir un juicio parecido. “Técnicamente admirable”, suena impresionante si tenemos en cuenta que lo técnico nunca está referido a cuestiones de fondo (valóricas, conceptuales), sino al “oficio” que permite configurar una “forma” (sonido, luz, manejo de cámara, dirección de actores, etc.). Como es posible que se trate de una “Nueva Forma de Evaluar” y el mezclar todas las cosas sea una corriente que debuta (Mazamorrismo), es que uno puede permitirse - modestamente - discrepar con Cardemil y señalar que la serie no es “técnicamente admirable”: la saturación de sonido, la confusión entre “velocidad” y “ritmo” es un tema no resuelto - al menos - en los dos primeros capítulos. El “nervio” de la cámara es excesivo y no le deja espacio a la pausa, así como el sonido no le deja espacio al silencio. Si bien, algunas de estas cosas son deliberadas, aparecen, en general como “excesivas”, técnicamente hablando. Por ello, tiendo a pensar que el diputado está confundido en su “admiración” y tiene como parámetro las Grandes Carreras a la Chilena.

El crítico Cardemil, luego de demostrar su manejo de lo técnico, procede a (des) calificar a los personajes, llenándolos de adjetivos, pero como dijo Huidobro, “el adjetivo, cuando no da vida, mata” y termina asimilando el humo del cigarro “al buen cine francés”. ¡Chupallas! De todas maneras, no es malo decir que - en la serie - la atmósfera “opresiva” que da cuenta de las acciones “represivas”, está muy atenuada, pero resulta de una eficacia impecable. Los abusos de entonces corren por cuenta de la “realidad” de entonces y la serie hace correctamente el distingo entre esa “realidad” y el “realismo” como estética.

Reclama Cardemil, por una “presentación equilibrada de los hechos”. Es una lástima que el autor del Plan Z, esté fallecido: se podría haber agregado un capítulo entero con extractos de esa novela de terror, única en su género, escrita por el ex Ministro de Educación del Gobierno Militar, el historiador Gonzalo Vial, quien recibió el “pago de Chile” y ni los propios militares le dieron alguno de los Premios Nacionales disponibles. En todo caso, años más tarde Vial integró la Comisión Rettig y supo cosas que nunca supo, igualito a Cardemil.

“Es un hecho público, notorio e inaceptable, que la administración pasada del canal haya ‘atado’ la exhibición de este programa y su costoso financiamiento, contra el decente voto de todos los consejeros que no eran de la Concertación”. O sea, el voto de la Concertación es “indecente”, porque aquello que no es del agrado de Cardemil es indecente. Y “equilibrio” significa que nuestro vergonzoso pasado reciente no debe salpicar ni a parlamentarios ni a ministros del actual gobierno, porque para todo, incluido el Directorio de TVN , incluidos los programas que financia y emite, incluida la verdad histórica, rige el sistema binominal.

Lo que es “indecente” es buscar el empate, en virtud de los cadáveres, sobre todo cuando el Estado monta una máquina del terror, cuyas víctimas son miles. Ese estado tuvo caras, nombres y apellidos. Por eso, hasta resulta comprensible que algunas de esas caras, haga irrupción para poner en tela de juicio una serie televisiva referida a un período en el cual tuvieron responsabilidades políticas, jamás asumidas porque “no supieron nada”. Sin embargo, el más grave y peligroso resabio de la época, es poner la sombra de la censura en un canal público.

La libertad de expresión costó sangre, sudor lágrimas y muertos. Es una lástima que de eso no se haya enterado el señor Cardemil, cuando era Subsecretario del Interior. Es que cuando los tiempos son convulsos, los amantes de los caballos suelen preferir los “purasangre”.

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