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17 de agosto de 2014

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TEOLINDO Y LOS ANTICUCHOS
Por Jorge Loncón

Don Teolindo, experto en anticuchos, decidió que necesitaba una buena política comunicacional, pues, aunque el negocio era sustentable, se hacía muy necesario enfrentar a quienes criticaban o - derechamente - cada cierto tiempo, descalificaban sus recetas. Por ello, no escatimó recursos y se hizo de un Consejo Asesor, compuesto por expertos en temas que iban desde la antropología del anticucho hasta el consumo responsable y con preservantes del fierrito en cuestión. El equipo de expertos no escatimó estudios, paper, pautas y demases, para que Teolindo saliera airoso siempre de las molestas consultas y comparaciones que los parásitos de la prensa prodigaban a toneladas, cada vez que se tocaban los temas atingentes al anticucho: cebollas, carne de cerdo, carne de vacuno, chorizo y salchichas, más la parrilla, el carbón y el humo. Sobre todo el humo.

Uno de los primeros traspiés se produjo cuando fue consultado por la carne de vacuno en los fierritos, y él se extendió en el tema del carbón. Fueron inútiles los codazos, las miradas asesinas, las lágrimas de sus expertos cuyos rostros quedaron desfigurados de tanto hacerle muecas por detrás de los micrófonos, para que cambiara el discurso, para que se ciñera a la pauta de carne de vacuno, que tanto trabajo le había costado al asesor específico, don Cornelio Toro. Terminada la conferencia, los expertos entraron a la oficina de don Teolindo y luego de un larguísimo y brutal silencio, se produjo un griterío frenético. Al final, los expertos consiguieron la promesa de don Teolindo, de ceñirse a la pauta en una próxima ocasión.

Tiempo después, cuando lo interrogaron respecto a la cantidad de chorizo presente (en el anticucho), Teolindo divagó sobre la cebolla, provocando la furia de Pancracio Cerda, que se había esmerado en su pauta respecto a los componentes porcinos del chorizo. Y como tampoco respetó la pauta establecida para responder sobre la cebolla, la indignación hizo presa de Encarnación Ceballo, la sensible experta en el tema. De hecho, al reunirse post conferencia, lo único que hizo Encarnación Ceballo, fue llorar mientras hablaba de la cebolla y las bondades de la pauta que ella había preparado con abnegación y aprecio. Don Teolindo, aunque se irritó en demasía, prometió considerar a su equipo para la próxima, y los invitó - para cepillar las rudezas - a una anticuchada pre- dieciochera, con mucho vino y poca carne.

Sin embargo, el episodio más crítico se produjo cuando - un tiempo después - le pidieron referirse al carbón, y él intentó persuadir que también podía cocinar kuchenes, no sólo fierritos. Todas las contrapreguntas - entonces – hicieron mención al humo. El experto en esto último, don Valentín Ahumada, corrió para sentarse al lado de Teolindo, pero ya era tarde. El rey de los anticuchos se había embarcado en un monólogo increíble, donde - por momentos- parecía transportado a la dimensión desconocida, citando a los más increíbles personajes de la fauna nacional y mundial, sin ninguna relación ni con los anticuchos, ni con el kuchen.

Esta vez, al terminar la conferencia, no hubo discusión. Debieron desalojar la sala de Teolindo, la sala de los asesores, la sala de reuniones, todos los espacios posibles de ser ocupados, porque una densa humareda les hacía toser y casi no podían verse. Exaltado, don Teolindo les dijo que no necesitaba de ningún asesor, que él podía arreglárselas solito, que sus recetas para los anticuchos eran infalibles y que nadie iba a ningunearlo, porque su maestría en la fabricación de anticuchos le venía por inspiración divina y que se tragaran sus consejos. Para terminar, les gritó que – desde hacía tiempo - además de los anticuchos – había comenzado a fabricar gomas (gomitas), cuchuflíes y cachos (cachitos) de miel.

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