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24 de agosto de 2014

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TERRORISMO GASTRONOMICO
Por Jorge Loncón

En la década de los ochenta, existía en Santiago un sitio semi clandestino, denominado “El Rincón de los Canallas”. Allí se comía “a lo pobre”, y se devoraban platos bautizados de manera muy acorde a los tiempos. Uno de ellos era El Atentado, y se componía de pernil de cerdo, papas cocidas, chucrut y arroz. No era un plato, era un azafate del largo y el ancho de la caja torácica del cliente y pocos podían presumir de comerse entero tal “platito”, que era un verdadero atentado a la integridad hepática y arterial. Sospecho que, después de ese plato, muchas personas fallecían en sus hogares o en centros de urgencia. No en vano el plato se llamaba “El Atentado”. El segundo, era “La Amongelatina”, espeso caldo donde se habían cocido los perniles, y que se preparaba con ají, perejil, cilantro, cebolla, ajo, y que se servía en una especie de olla. Quien lograba terminarlo, quedaba con la ropa pegada al cuerpo, absolutamente transpirado y a pasos de un infarto fulminante. Creo que el Rincón de Los Canallas debe estar entre las causales de mayor mortalidad, en una época donde se moría fácilmente. El nombre del local, se debía a la “feliz” denominación que El Tata dio a sus opositores políticos.

Llegar hasta ese sitio, era una aventura, acompañada de un ritual. Uno entraba desde San Diego a un pasaje oscuro, al fondo y debía golpear la puerta: “¿Qué pasa, canalla?” Gritaban desde adentro. Y la respuesta era el santo y seña, aprendido de antemano por los visitantes: “¡Dos canallas más!”. Y sólo después de eso se abría la puerta y aparecía el afable dueño del lugar, que era cocinero, cajero, y relacionador público del Rincón. Por cierto, a ese lugar se iba a de a dos, generalmente amigos. Cuando uno se atrevía a invitar a una mujer, cambiaba la fórmula de ingreso: “ ¿Qué pasa, canalla?” “¡Un canalla y una Diabólica!” Por supuesto, cometí la imprudencia, e invité a una dama al subversivo rincón. Ella – desde la entrada -, estupefacta, no se repuso del impacto en toda la “velada” y no comió ni la quinta parte del Atentado que le ofrecí. Claro, la acción fue una canallada, porque debí contarle a dónde íbamos, pero me pareció que el factor sorpresa podía ser interesante. Nada de eso, hasta el día de hoy creo que no me ha perdonado la visita al dichoso rincón.

Fui otras veces y me quedé a ver el desfile que comenzaba al amanecer, cuando llegaban quienes habían estado de juerga, y pedían muy sueltos de cuerpo otros platos que yo nunca probé: El Sendero Luminoso, El Vietnamita, El Guerrillero. Todos esos platos tenían en común la cantidad desproporcionada de alimento, y los efectos devastadores en el aparato digestivo. Cuando queda poco para septiembre, y comienzan los preparativos de hígado, me entero que el lugar todavía existe, pero es difícil que la magia se mantenga. En los ochenta, al retirarse del lugar, uno era invitado a firmar el libro de registro de Los Canallas, cuestión que no hice, pero que no me impidió revisar el libro y ver la cantidad de canallas que lo habían firmado, la mayoría de ellos gente muy conocida y re-conocida, y a quién más de alguna vez divisé re-cocida.

Me dicen que el lugar – obvio – ya no es el mismo, y que los platos que se ofrecen son otros: El Costillar de Coimas, El Vitalicio, El Punta Peuco. Y, por cierto, hoy no se llevan preso al propietario, por atender en su local a los canallas subversivos sorprendidos por el toque de queda. Más de alguna vez, los “canallas” que pensaban distinto al Tata, hubieron de amontonarse para que entrara el máximo de gente a refugiarse en el clandestino lugar. Hasta la cocina servía para esos efectos. Y la cocina era grande y entraba mucha, mucha gente….

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