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8 de julio de 2001

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Perro que Ladra
Por Jorge Loncón

"Perro que ladra no muerde" —proverbio popular; "si ladran los perros, es señal de que avanzamos" — Cervantes— ; "esta es pelea de perros grandes y no de quiltros" —Onofre Jarpa —. En fin, "vida de perros", "botado como un perro", son expresiones que recurren a los caninos cuando se está muy iluminado, o cuando la capacidad metafórica es inexistente o está agotada. Tales reflexiones surgen a raíz del interés de mis herederos (¡¡??) de tener una mascota. Y lo primero que salta de la boca de los niños, como cachorro juguetón, son las dos mágicas palabras: "¡un perrito"!

Entonces los niños dejan de ser jerarquizados, obedientes y no deliberantes, para dar paso al político que llevan dentro, sin siquiera haberse desprendido antes del uniforme escolar. Quieren imponer sus puntos de vista, transgrediendo los principios de seriedad y sobriedad de bolsillo, que le permiten a un cristiano pasar con la frente en alto por las puertas de Dicom, institución fundamental en la existencia de nuestro país, porque sus informes deciden si los ciudadanos son dignos o no de tener pega.

A propósito de aquello, y haciendo un paréntesis, más vale pasar por la vereda del frente de Dicom, porque el olfato de dicho ente, es superior al de un perro policial, y existe el riesgo de ingresar a sus pantallas, como futuro deudor, o como "micro deudor", con la consiguiente popularidad. Porque en nuestro país y en nuestro sistema judicial, se exhibe y se condena lo micro, pero no lo macro. En tanto sea así, los Macro deudores y los Macro traficantes, pueden dormir tranquilos, porque no los molesta ni un perro salchicha. Al micro ciudadano le cortan el agua antes que alcance a darse cuenta, y sin que el perro de la casa haya tenido tiempo de emitir un solo ladrido.

En fin, tranquilo el perro y prosigamos. Después de analizar razas (coker, labrador, San Bernardo, pekinés, policial, etc); precios, características anatómicas, atómicas y hasta de comportamiento canino, viene la decisión que se veía venir desde el momento en que comenzara la deliberación: lo más conveniente es uno raza Mall: o sea, aquellos que regala la Sociedad Protectora de Animales, los días sábado, en el subterráneo del Mall, con un ahorro que fluctúa entre sesenta mil y doscientos mil por ciento.

Antes de llegar a tan trascendental decisión, mi hijo protagoniza un Golpe de Estado: va a la esquina a comprar caramelos, con un billete de mil pesos, y hay un niño vendiendo perritas a doscientos pesos. "Deme dos", le dice mi hijo, le regala el vuelto y regresa con dos perritas, que son de inmediato objeto de la discriminación de género, discriminación a la que me adhiero con bastante vergüenza, porque se toma la decisión de regalarlas en cuanto se pueda. Mi hijo recibe toda la solidaridad intervecinal y colegial, mientras yo sufro un paulatino aislamiento y soy castigado con la ley del hielo, pues mi chantaje —helados— no surte efecto. Es una guerra fría declarada.

Los acontecimientos se precipitan. Y he aquí que se regalan las perritas y nos proveemos de un perrito raza Mall. Comienza, entonces, la revolución económica, porque hay que visitar al veterinario, que lo enrola a una especie de Isapre canina, lo vacuna, y le embute medicamentos varios, para que el cachorro no traspase parásitos y le entrega su carnet de salud, con una celeridad que ya se quisiera Fonasa. Reflexiono en torno a ello, hasta que el vómito del perro en el asiento del auto, me devuelve al mundo concreto y evita que me precipite a las aguas del Lago Llanquihue, hecho que llenaría de tristeza a tanta gente, digo yo.

Luego, viene el nombre. Insistí en que el perrito era idéntico a un primo en tercer grado alcohólico y quise perpetrar y perpetuar su memoria, bautizándolo con el mismo nombre. Pero mi hijo mayor deliberó de nuevo e impulsó una asonada, un verdadero "perrazo" e impuso su criterio: el perrito se llama Maxi, por razones que me ha sido imposible determinar. Al cabo de unos días, llamada telefónica de clínica veterinaria: pensé que era el Diputado Recondo —prestigioso veterinario—, para solicitarme el voto. Pero no, se trataba de la segunda vacuna del dog. En fin, el perro tiene una solícita atención de su Isapre y los días de supermercado me corresponde ladrar de rabia por el precio de la comida para perros y del Omomatic. Además, hay que ponerle un talco especial, y heme aquí comprando talco para perros, yo que nunca usé ni calculé en el presupuesto talco para mis patitas.

Tener un perro tiene grandes (des) ventajas. Porque hay que ser muy cínico para decir que no es molesto cuando, al abrirse la puerta de una casa que vas a visitar, un perro te salta a la cara mientras la dueña o el dueño, riendo, te grita: "¡ no, si no hace nada!". Ahora me toca hacer lo mismo, mientras sujeto al perro y digo transpirando y sonriendo: "¡ no, si no hace nada!". Recuerdo, hace años, haber visto a un perro que parecía león, encima de un tipo, a punto de comérselo, mientras desde la puerta el dueño gritaba: "¡No, si no hace nada!" El tipo que estaba debajo del perro, intentaba escapar de los colmillos, mientras su camisa y pantalón hecho pedazos, levantaban más polvareda que cambio de gabinete.

En otra ocasión, contemplé una pelea a muerte, entre un hombre joven —que entregaba boletas de cobro de luz— y el perro de la casa. Lo más llamativo del hecho, era que la dueña de casa retaba al portador del recibo, que se defendía a patadas: "¡desgraciado, no le peguís al Toti, ¡que no vís que no hace nada?". Hay que aclarar que el "Toti" tenía una longitud cercana a los dos metros, una altitud de metro cincuenta, y un peso aproximado de ochenta kilos. Tiempo después, vi a una perra devorándose a un ciclista con bicicleta y todo, mientras el dueño miraba regocijado desde el portón de su casa. Cuando ya había llegado al manubrio, el dueño reaccionó diciendo: "¡Mimí, Mimí, ya, deja de jugar! ¡No se asuste, amigo, si la perrita no hace nada!." Lo que quedaba de ciclista pedaleó rapidísimo, al tiempo que la Mimí salía en su persecución, seguida de toda su descendencia, alrededor de cinco perros tamaño portátil. Por sobre los ladridos, se escuchaba la voz del dueño gritando: "¡No, si no hacen nada!".

Por razones de trabajo —mas bien para justificar el sueldazo— llego tarde a casa. Mi señora, en la mitad de la comida, se levanta de la mesa y sale al patio a conversar con el Maxi, que —según ella— está necesitado de afecto y quiere un hermanito. El diálogo es interesante desde el punto de vista literario y muy preocupante desde el punto de vista económico. Me asomo a la puerta: el perro gruñe y me muestra los dientes, furioso. Digo en voz alta algunos improperios dignos de la ocasión y mi hijo, semi dormido, desde su pieza emite un nuevo pronunciamiento, incruento, pero de implicancias múltiples y alcances insospechados: "¡Prohibido molestar al perro!".

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