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1 de julio de 2001

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Lo triste, lo amargo y lo amargado
Por Jorge Loncón

El pasado domingo, la noticia ( emanada de estas páginas ) remeció hasta sus cimientos el Teatro Universal: el Director Gustavo Meza es quien elige la cartelera de los temporales teatrales (¡caramba!). Se dice que hubo — incluso — repercusiones en la bolsa y una tendencia sostenida al alza del dólar, porque este evento es único en su género en el sistema solar, al punto que un grupo del planeta Marte, ha manifestado su interés en montar CHILOE CIELOS CUBIERTOS. Los marcianos ya consiguieron el auspicio de Gnecco para pagar gastos de alojamiento, representación e intérprete para quien viaje a dirigirla.

El Director Meza, en esa nota, señala que el autor Juan Radrigán es un "amargado" y expresa que dicho autor fue "inventado" por él y el Grupo Imagen (¡caramba otra vez!): amargado les salió el invento. Yo estaba seguro que Radrigán era hijo de su mamá. De todas maneras, no me cabe duda que el Director Teatral Gustavo Meza, entiende bien la distancia que media entre un teatro amargo y un director amargado. Meza señala que Radrigán se quedó en un teatro panfletario, que se hizo durante el Gobierno Militar (¡más caramba!): yo juraba que el año 79 había visto una gran obra de tal autor, nada de panfletaria, impecablemente dirigida: TESTIMONIO DE LAS MUERTES DE SABINA. El Director era Gustavo Meza. Debo comprender, entonces, que en esa época Meza estaba por el panfleto y era (¿o estaba?) tan amargado como Radrigán.

Turbulentos fueron esos años. Sé de directores teatrales que — para cuando volviera la democracia — prometían las penas del infierno a grandes figuras de nuestro Teatro, por "colaborar con la dictadura". Fernando González, Maestro indiscutido de generaciones de actores, fue señalado por algunos de sus democráticos colegas. Su "delito" fue el haber creado y dirigido durante tres temporadas el Teatro Itinerante, instancia que dignificó el trabajo teatral en momentos muy difíciles, con altísimos resultados estéticos, y que constituye uno de los hitos importantes de la herencia que el Teatro experimental de la U. de Chile dejara al país. Por allí tomó forma y creció dicha herencia (el teatro "experimental" de Puerto Montt — por supuesto — nada tiene que ver ni con lo experimental ni con la "herencia", despropósito expresado hace unos días). Meza tiene razón cuando habla de la función que el teatro ha tenido durante tres mil años. De todas maneras, es una lástima que no haya vivido en el siglo V antes de Cristo, para aconsejarle a los griegos que no se amargaran la existencia, con tanta tragedia y tanto cadáver.

En honor a la verdad, antes del 79, Radrigán ya había estrenado REDOBLE FUNEBRE PARA LOBOS Y CORDEROS, con la amargada dirección de Nelson Brodt. Durante toda la década del 80, Radrigán hizo las amarguras (no diremos las delicias) del mundo entero, Europa incluida. Este último, es un continente que continúa aplaudiéndolo: el año pasado, su obra HECHOS CONSUMADOS, con una excelente y amargada propuesta escénica de Alfredo Castro, sonó y resonó en Madrid. En ese lugar — amargo, por lo demás — se reconoce a tres autores chilenos contemporáneos que compiten en amargura: Juan Radrigán, Marco Antonio de la Parra y Benjamín Galemiri. Sus amarguras tienen distinto "tono", pero no logran escapar de lo "amargado". Por supuesto que hay otros autores y otras obras de menor vuelo, que encajan también en dicha categoría: por ejemplo, EL ULTIMO TREN y MURMURACIONES ACERCA DE LA MUERTE DE UN JUEZ_. De Gustavo Meza.

De todas maneras, no cabe sino aplaudir la amplitud de Meza, debido a que — como es él quien elige la cartelera — (¡caramba!) eligió traer la amargada obra EL LOCO Y LA TRISTE, de Juan Radrigán, dirigida por un talentoso y amargado Rodrigo Pérez, e interpretada por dos amargados actores de la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Dicha Escuela, es dirigida por mi buen y amargado amigo José Pineda. Con toda su alegría a cuestas, Meza seguramente ignoraba que en Puerto Montt había una amargada compañía que tenía montada la misma obra, que se quedó sin público y se sumió —aún más— en la amargura, porque los Temporales Teatrales funcionan perfectamente gratuitos y la gente opta por ver teatro gratis, aunque sea amargo.

A propósito de la U. de Chile, de la Escuela de Teatro que se instalará, de la gratuidad ambiental, y aprovechando la presencia del señor Rector de la Universidad de Chile por estos andurriales, conviene advertirle que no se podrá cobrar matrícula ni arancel a los futuros alumnos de esa Escuela, porque los Temporales le han enseñado a la población que en esta ciudad, por el teatro no se paga un peso. Los egresados, que trabajarán gratis, deberán gozar de total gratuidad en sus estudios y — ya en su vida laboral — se les premiará permitiéndoles la entrada al Diego Rivera por calle Varas o por los camarines. Por ningún motivo debe cobrárseles por sus estudios, mucho menos las sumas que cobran excelentes escuelas de Santiago, como la de Gustavo Meza.

Meza pide que los Temporales teatrales se mantengan tal cual, porque el evento ha funcionado "perfectamente" y cuando algo funciona bien "siempre va a haber gente que quiere meter mano". El suscrito, que vive por estos lados, sospecha que la perfección no existe y no sabe de nadie que quiera "meter mano" en un evento en que se han metido los pies hasta la mandíbula. Pero, a fin de ser justo hasta las últimas consecuencias, debo señalar que soy un Amargado con Distinción Máxima, con algunos post grados en Tristeza, candidato al Master en Amargura y amigo (leal) de Juan Radrigán y de otros amargados, a quienes el teatro light nos indigesta, porque no contiene azúcar ni sal. "Ni chicha ni limoná", como diría otro director teatral y cantante, el amargado Víctor Jara.

Gustavo Meza, termina pidiendo que "dejen tranquilo" al Director de Tránsito, que cumple un rol importante en no sé qué. En esa petición, Meza ejecuta un alucinante ejercicio analógico entre éste y André Antoine, relevante figura en la renovación del teatro del siglo Diecinueve, y que llevó a escena obras de Strindberg, Ibsen, Hauptman ( amargadísimos los tres) . Gustavo Meza nos recuerda que Antoine fue empleado de una compañía de gas. Otra vez Meza tiene razón: pero — hasta donde se sabe — los gases de esa compañía no eran tóxicos.

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