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21 de septiembre de 2007

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Saludo a Fernando González
Por Jorge Loncón

“Esta es la prueba del ácido: diez años después de ver una obra, ¿conservamos todavía en nosotros algún vestigio de ella que nos permita construirla? Ese resto es como una quemadura de ácido, se conforma a sí mismo como una silueta que, más que una figura, es toda una imagen con carga emocional e intelectual.” (PETER BROOCK)

Esta sentencia de Peter Broock, apunta al corazón mismo del Teatro . Al arte del aquí y del ahora y, con ello, a su precariedad temporal, a ese rasgo distintivo donde se incuba su mayor contradicción. Al encontrar en CIEN AÑOS DE SOLEDAD, la expresión “el largo poema de la fugacidad”, resulta inevitable pensar en el teatro, porque la función es hoy y se muere hoy y mañana habrá otra y moriremos mañana, y esa función y esa muerte serán distintas a las de hoy. Y no hay registro que aguante. No hay soporte que soporte. Nada puede hacer variar ese hecho brutal de las pequeñas muertes diarias y la muerte grande, cuando se termina una temporada y te miras solo en un escenario, solo en una butaca, solo en una sala de clases, solo en una vereda, solo tras un vidrio de un vehículo inmóvil, porque la función ya terminó y no es que el teatro me haya abandonado. Es que esa desazón, esa pena larga de no poder contener el tiempo, es otro de los ingredientes de ese oficio festivo y cruel que llamamos teatro.

Hace 27 años, a escasas cuadras de aquí, en el Teatro Diego Rivera, el joven director de teatro Fernando González, presentaba uno a uno a sus jóvenes actores, ese grupo ya casi mítico del fundacional Teatro Itinerante: Alfredo Castro, Norma Ortiz, Max Corvalán, Andrés Pérez, Brana Vantman, Aldo Parodi, Mario Bustos, Héctor Aguilar, Rodrigo Alvarez.

Un escenario desprovisto, una alfombra, luz, y un deslumbrante manejo vocal y corporal, dio vida a las plazas, los balcones, y las calles por donde transita el amor de Romeo y Julieta. Tomaba forma la joven tragedia del eternamente joven shakespeare; tomaba impulso y vuelo, exactamente en la hora de la convulsión nuestra , en la hora de los Montescos y Capuletos, en la hora en que el amor y el odio desplegaban sus energías en el suelo de nuestros propios cielos, revelándonos que Romeo y Julieta es solo en apariencia una historia de amor: es el cuerpo social roto, es la violencia, la intolerancia y la incomprensión. Es la radiografía del odio y sus secuelas. Claro, todo aquello se desprendía o podía desprenderse del montaje.

ROMEO Y JULIETA, Teatro Itinerante, año 78, rompe casi tres veces la barrera propuesta por Peter Broock, la prueba del ácido. Y también rompen la barrera “CHAÑARCILLO” y “PEER GYNT”, los otros dos montajes que Fernando González alcanzó a dirigir , antes que aparecieran los Rosencrantz y los Guildenstern, inquisitivos e inquisidores y el maestro debiera dejar la compañía.

Si revisamos su trayectoria posterior, advertiremos los ecos que persisten con fuerza, más allá de los años, en montajes como BUENAS NOCHES, MAMA, de Marsha Norman, un trabajo, literalmente, de relojería, para un drama negro y desesperanzador, JUAN GABRIEL BORKMANN, de Ibsen, MARAT SADE, de Peter Weiss

No es la idea hacer un “racconto” que, creo, a todas luces, incomodaría a nuestro amigo. Baste decir que la trascendencia de su trabajo como director, queda consignada en esos datos de la memoria. La memoria, el mejor soporte.

En el oficio y ejercicio del teatro – o de la actuación, en general - advertimos, por otra parte, las tres posiciones en que se sitúan los quehaceres inherentes a él: la del actor, que queda en la retina del espectador porque en él se corporiza el personaje. La del Director, cuyo trabajo sopesamos, deducimos y sospechamos.

Pero hay un tercer personaje que , estando siempre, casi nunca está. Es el Maestro. Los avances, la tecnología, el periodismo de hoy nos permite conocer la minucia, el dato irrelevante y todas las poses del actor y de la actriz, a partir de su exposición y de su sobreexposición.

Los medios, con suerte, nos dirán algo de quien permanece en un más que discreto segundo plano, el Director, o los directores . Y no nos dirán nada del formador. Del Maestro. Y pareciera que ello se asume como un hecho de la causa. Es verdad que en el Premio nacional de Artes, en el ámbito del teatro, hay algunos maestros de actuación. Son los menos. Son los actores, actrices y dramaturgos quienes configuran la mayor parte del listado.

He comenzado recordando a ROMEO Y JULIETA QUE HACE 27 años se presentaba en el teatro Diego Rivera de esta ciudad. Y esto que llamamos destino, nos permite estar hoy con el director de ese montaje . Con 27 años más, un joven Fernando González nos acompaña. En esta sala, hay un ex alumno suyo, Cristián Uribe, que hoy es el Coordinador de la Mención teatro de nuestra Pedagogía en Artes. En esta sala estuvo invitado, hace un par de años, Andrés Pérez, al que le pedimos que nos hablara del teatro en Chile y partió preguntándonos, “¿cuál teatro , cuál Chile?” En esta sala, Maestro, le saluda quien no tuvo el privilegio de ser su alumno, pero sí el honor de trabajar con usted.

“Nuestras autoridades restituyen la cordura y la justicia. Un premio hoy día, desde luego no es lo mismo que un premio ayer”, ha señalado usted en su discurso de agradecimiento. Esa es una cuestión central. Cuando, en tantas ocasiones, hemos sido testigos del exhibicionismo y el oportunismo, de la conveniente vuelta de carnero para que los vientos queden soplando en dirección favorable, cuando se premió a escritores que nunca escribieron y se les escamoteó el reconocimiento a quienes hacía rato ya eran dignos de él, es destacable la restitución de la cordura y la justicia EN TODOS LOS AMBITOS, incluido, por supuesto, el reconocimiento que el país le debe a los mejores de los suyos.

Usted ha sido generoso, agradeciendo que fuese esta Universidad y esta Carrera quienes lo postularan. En rigor, para nosotros es un honor haberlo patrocinado . Su nombre queda firmemente escrito en la historia del teatro Chileno. Haber contribuido en una mínima parte a que el estado reconociera su trabajo, es algo que nos enorgullece .

( “Y ASI CONTINÚA LA HISTORIA”, Texto de Peter Broock.

Dios, al ver cómo se aburrían todos desesperadamente en el séptimo día de la creación, exprimió otra vez su extraordinaria imaginación para dar con algo más que agregar a la totalidad que acababa de concebir. De repente, su inspiración avanzó aún más allá de sus ilimitados alcances y le hizo ver otro aspecto de la realidad; su posibilidad de imitarse a sí misma. Y entonces Dios inventó el TEATRO.

Llamó a sus ángeles e hizo el anuncio en los siguientes términos, que todavía pueden leerse en un antiguo escrito sánscrito. “El Teatro será el lugar donde los hombres aprenderán a entender los sagrados misterios del universo. Y al mismo tiempo – agregó con tono engañosamente casual – servirá de alivio a los ebrios y a los solitarios”.

Los ángeles se entusiasmaron enormemente y apenas podían esperar que hubiera gente suficiente en la tierra para poner en práctica esta nueva idea. Finalmente, los hombres respondieron con igual entusiasmo y rápidamente se formaron innumerables grupos, que trataban de imitar la realidad de muy diversas maneras. Pero los resultados eran francamente desalentadores. Lo que en un principio había parecido tan asombroso, tan generoso y tan abarcatorio, en manos de ellos se convertía en polvo. En particular los actores, los autores, los directores, los diseñadores y los músicos no podían ponerse de acuerdo sobre qué era lo más importante, y entonces pasaban la mayor parte del tiempo discutiendo y peleando, mientras su trabajo los satisfacía cada vez menos.

Cierto día, comprendieron que así no llegarían a nada y entonces solicitaron a un ángel que acudiera a pedir ayuda a Dios.

Dios reflexionó durante largo rato. Después tomó un pedazo de papel, garrapateó algo en él, lo puso en una caja y la entregó al ángel, diciéndole: “Aquí está todo. Mi primera y última palabra”.

El regreso del ángel a los círculos teatrales fue un acontecimiento extraordinario, y todos aquellos que se dedicaban a la profesión se apiñaron a su alrededor para saber el contenido de la caja. El ángel extrajo el papel, y lo desenrolló.

El papel contenía una sola palabra. Algunos leían por sobre el hombro del ángel, mientras éste denunciaba a los demás: “La palabra es INTERES


“¿Interés?¿Interés? ¿Eso es todo?”....
Hubo un cierto murmullo de desilusión.
“¿Por quién nos toma?”, “Es infantil”, “¿¡Como si no supiéramos!?...

El encuentro se deshizo abruptamente, en medio del disgusto generalizado; el ángel partió en una nube, y la palabra, aunque no volvió a ser mencionada, se convirtió en una de las varias razones del desprestigio que Dios sufrió ante sus criaturas.

Sin embargo, algunos cientos de años más tarde, un muy joven estudiante de sánscrito halló una referencia a este episodio en un viejo texto. Y dado que trabajaba “part-time” en un teatro como encargado de limpieza, llevó a los miembros de la compañía su descubrimiento. Y esta vez no hubo burlas, ni escarnio. Solo un silencio profundo y grave. Y después alguien habló. “Interés. Interesar. Debo interesar. Debo interesar al otro. No puedo interesar a otro si no logro interesarme yo. Necesitamos un interés común.”)



Maestro Fernando González: estamos interesados en ese interés común. En la cátedra de teatro chileno, los alumnos han sabido de usted y se han interesado por usted. Y se han interesado por nuestros maestros, directores y actores. Estábamos interesados en que ellos pudieran conversar con usted y compartir con usted. Trabajamos todos los días en producir ese interés. Porque, es cierto, obvio teatralmente hablando: lo que se hace debe interesar y , fuera del escenario, el interés debe mantenerse. Siempre.

Muchas gracias por estar aquí , por haberse interesado en conocer lo que hacemos, gracias por habernos dado durante tanto tiempo, tantas lecciones de talento, de comprensión y de generosidad.


UNIVERSIDAD DE LOS LAGOS, PUERTO MONTT, DICIEMBRE DE 2005.-

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