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21 de septiembre de 2007

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Nelson Navarro, el historiador de nuestras huertas
Por Jorge Loncón

“La poesía no tiene exclusividad alguna./Los miserables la hacen y es hermosa/ Los alcohólicos la revientan en los bares/ Y es hermosa./Los criminales del verbo la quieren/ y es un brillante cuchillo/ clavado en nuestros ojos.” (Nelson Navarro)

Podría agregarse que la poesía no tiene propietarios; que la poesía es un culto sin pontífices; que la poesía no siempre se encuentra en los libros; que la poesía no necesariamente es aquella que tiene forma de poema.. La simbiosis poeta-poesía es lo que hace hermosa a la poesía. No todo lo que escribe el poeta es poesía. No todo el que produce poesía es un poeta. Jorge Teillier apuntaba en los años sesenta: “no importa ser un buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta. De qué le vale escribir versos a tanto personaje resentido, encerrado en una oscuridad sin puerta de escape, que vemos deambular por el mundo literario.”

Comentar un libro, equivale a presentar o intentar mostrar uno del sinnúmero de ángulos que puede ofrecernos una personalidad creadora. El problema es que cuando presentamos a una persona, no lo hacemos por partes. Físicamente, al menos, presentamos a la persona entera. Digo, entonces, que es poco posible presentar un libro abstrayéndose del ejercicio y del recorrido poético del artista. Sólo procediendo del modo contrario, puede intentarse un todo del cual se extraiga una parte, el libro en cuestión , para intentar iluminar y subrayar lo que es iluminable y también aquello que no lo es.

Hace unos meses, en la Feria Internacional del Libro, Nelson Navarro fue sometido a una disección por parte de un joven académico-cirujano, Rafael Rubio. Con escalpelo, pinzas, e instrumental de última generación, Rubio intervino quirúrgicamente las palabras de Nelson, y no encontró tumores que extirpar: constató, por el contrario, una sorprendente sanidad en el flujo sanguíneo. Por cierto, sorprende hoy día encontrar flujos sanguíneos libres de grasa, sorprende la presión arterial en sus niveles normales, sorprende el equilibrio en los componentes básicos de los sistemas respiratorio y digestivo, más aún cuando en el plano de la creación se trastoca tantas veces el sitio para cada cosa, y se cree que el desequilibrio nos conduce a la poesía, cuando es indesmentible que llegamos a la poesía a pesar del desequilibrio.

No obstante la aversión a los médico-cirujanos de la literatura en general (aumentada por la actual abundancia de doctores en literatura), no pudo dejar de interesarme el informe clínico de Rafael Rubio. La razón de ello seguramente está en que llegaba a las mismas conclusiones a las que arribamos hace años varios quienes conocemos a Nelson Navarro, sólo que Rubio lo hacía “científicamente”, en tanto nosotros lo hicimos sin delantal, sin mascarilla, sin bisturí.


MANOJOS CHILOTES

De esa misma manera, me traslado a MANOJOS CHILOTES, el libro de la década del 70, aquél de portada con ilustración naranja, de formato y editorial idénticos a los Voltejeos en el Archipiélago, los cuentos de su amigo, ese hombre notable que fue Narciso García Barría. Mechuque, Queler, Dalcahue, Quemchi, en fin, Chiloé es el protagonista del canto. Veintisiete años tenía el autor y resulta notable la coherencia del punto de partida con el desarrollo posterior: inalterables permanecen el arraigo, la mirada brillante de ternura para los hombres y mujeres de la isla, de la aldea, del pueblo.

En esos Manojos de Chiloé, están contenidos Cañoe, el botero de la aldea, o Cotún, el constructor de embarcaciones. La adhesión sin tapujos a la tierra y su gente, como fuente de afirmación de identidad se instala en un discurso poético potente, sencillo y eficaz, donde los sentimientos tienen un espacio y un entorno concreto: “Ven mi niña pronto a Mechuque/ Para que compartamos el aire y sembremos/ Y también nos repartamos la semilla.”

Las quebradas, los senderos, los helechos, los caminos de tierra, los botes, las redes, adquieren presencia poética. Sin embargo, Navarro no se abstrae de la miseria material que ejerce un duro contraste con el entorno, con los resplandores de las aguas y la luz de Chiloé. Hay un poema titulado IRONIA, que, sin ninguna ironía aborda a la niña escolar enferma, que sólo en esa condición puede contar con la leche y con los trigos, que le son esquivos en el transcurrir diario. O la fatalidad, en la historia de María, “como niña de primavera tu corazón remaba”, la accidentada María, cuya ausencia logra silenciar el río.


AGUAS, PIEDRAS Y EXPIACIONES

El libro de la década de los ochenta, su segundo libro, contiene también EXPLORACIONES de forma, que jamás se apartan de lo que percibimos como esencial en la visión del poeta. El ejercicio introspectivo navega por las preguntas permanentes, las preocupaciones del ayer y del ahora.

La búsqueda de la verdad, las preguntas por la verdad, la propia y la colectiva toman fuerza en este libro, desde la condición de poeta como una meta a alcanzar : “yo que anhelo ser poeta y escapar a mi resuello.” Y la angustia por lograr “como sabio entre probetas, una ecuación final y transparente”.

Pero en esa búsqueda de la verdad, no están ausentes los elementos, los objetos que aterrizan las interrogantes: está el sillón de mimbre, están los charcos donde el hijo echa a navegar sus barcos. Quiromancia es el sugerente título del poema que abraza la totalidad del libro.


LOS PECES QUE VIENEN

El libro de la década de los noventa, quizá sea el más sorprendente de los libros de Nelson Navarro, por la multiplicidad de ángulos con que aborda su devenir. El barrio en paralelo a las églogas de Garcilaso: el grito del vendedor de merluzas y jureles como audaz contrapunto; el torneo, la muerte del jugador de fútbol amateur y la población 18 de septiembre como el micromundo en que es posible encontrar la historia, la vida y la muerte como parte de aquélla. Esa misma idea, es la que subyace en la constatación de que “En el cementerio de Isla Chidguapi crece el cilantro”.

Hay también en Los Peces que Vienen, un ingrediente que – compruebo – pasa desapercibido para lectores comunes y lectores al corriente: la violencia. No me refiero a que se aborde un tema violento, sino a la violencia con que se aborda el tema. Así, opone la trágica historia del Pirata Ñancúpel, con la piratería comercial que abofetea la identidad y las identidades de un mundo , que, por lo mismo, tiende con rapidez a perderlas o deshacerse de ellas. Es la otra cara de la aldea global. Isla privada: no recalar./Camino al cementerio por otra parte: /playa particular./Está clarito el letrero de tu isla, /capitán Ñancúpel/ y nosotros lo sabemos de memoria, /sin saber leer. ¿ok? La violencia es parte del discurso, en el poema COIHUIN. Los rollitos kodak, la National Geographic, la Discoteque y la venta de elegantes tragos “para seguir exportando la miseria” grafican bien la indignación frente a una “prosperidad” , que obvía las condiciones inhumanas de los hombres y mujeres que ganan el sustento recolectando algas, y que mueren sepultados en un alud de barro.


DONDE HABITAMOS LAS PALABRAS

En éste libro, el de la primera década del segundo milenio, se respira el orden de las cosas en su sitio. Aún las dolorosas, las que tienen que ver con la angustia vital. “Todas las flores que me traigas/no sabré si pesarán sobre mi lomo,/pero me importa que hayas venido.” Se nos reafirma aquí el Navarro Poeta, con una sencillez que a ratos llega a ser deslumbrante: “Las sillas de nuestra casa/siempre están esperando a alguien”

Esa conmovedora confesión, esa disposición a compartir, descubrir la cara y los ojos del otro, de confiar en que es posible el encuentro, adquiere notables dimensiones en seis líneas, sin ninguna estridencia: A la entrada de la calle/Tú seguirás confiando y darás/Con el número exacto,/No te inquietes, no vuelvas la cara,/Te recibiré de todos modos./Bajo la puerta, algo florece todavía”.

O esta reflexión que puede ser un himno al amor de pareja, una reflexión que puede ser penosa, terrible y al mismo tiempo esperanzadora. “norte o sur nada significan/si no ardemos en el mismo leño” Y de nuevo el amor con mayúscula, sin lirismos desgarrados, resumido en dos líneas: “Es cierto que tocamos fondo/pero no soltamos jamás nuestras manos.

La síntesis perfecta y peligrosa. Porque esa sencillez, porque ese radical despojamiento de artificios, puede hacer que nuestra dañada capacidad de atención pase de largo, y no perciba el resplandor que habita en esas palabras.Las palabras. Las cuidadas, las sinceras, las extrañas, las juguetonas. Personajes de todo libro, pero de éste en particular, que nos da la opción de interpretar que el poeta es palabra y nos habla del sitio en que habita; “queremos habitar bien las palabras”, nos dice, e interpretamos entonces que se nos habla del sitio al que hemos entrado a habitarlas. Entrar a las palabras, ser parte de ellas y de su casa. Hay allí una fusión entre palabra y hombre. La anhelada fusión, análoga a la del poeta y la poesía. Estamos tal vez en presencia de una fusión mayor: hombre-palabra-poesía.

En la omisión que a veces se ha hecho de su poesía, Nelson Navarro no ha descendido a los infiernos, ni ha subido a los cielos en el elogio crítico – reciente – de la oficial crítica nacional.

Para muchos de nosotros, los que no creemos en las grandilocuencias y sí en la sencillez, en la correspondencia entre poeta y poesía, Nelson Navarro es un poeta que escribe poesía y tiene ganado un título mayúsculo, a fuerza de un libro por década, a fuerza de honestidad y entrega: el título es, nada menos que el de “HISTORIADOR DE NUESTRAS HUERTAS”.

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