Puerto Montt, viernes 24 de noviembre de 2017   ir al Inicio  Contacto visitante Nº 337759
 
  ¿DONDE ESTÁ LONCON?

Juan Félix Burotto

Cuando Andrés, mi editor en "El Llanquihue", me pidió escribir sobre Jorge Loncón, el otro columnista estable de los domingos, me desconcerté un poco: leo con fruición los textos de Jorge y me río de buena gana con su mordacidad, mas, comentarlo con propiedad, era un desafío complejo y que desbordaba, muy posiblemente, mis habilidades críticas. Con todo, acepté. Y al aceptarlo, recordé.

Llegué a Puerto Montt a principios de 2001, acogiendo una oportunidad de trabajo en el plano académico. La ciudad, que visitara antes, me había parecido amable y cordial, y la invitación a residir en ella era todo un reto. Uno de mis amigos de toda la vida, a la sazón director de nuestro Diario, se dio a la tarea de comentar acerca de mi nuevo destino y hacerlo comprensible más allá de su lluvia sempiterna y la heterogeneidad de su población.

Al pasar alrededor de un mes y acaso en la percepción de mi impericia para manejar los nuevos códigos, en una reunión amical, mi amigo Ernesto me mostró un artículo de su periódico, los Archivos Ele, escritos por Jorge Loncón. Tras leer el primero, fue imposible dejar la serie. Pero, también entendí el mensaje de quien hacía mi inducción a Puerto Montt: en tal quehacer, el columnista, al que tanto admiraba el director Montalba, era, sencillamente, irremplazable.

A Jorge Loncón, al hombre, lo quise descubrir. Lo escuché en escuetas reuniones académicas y, algo después, como actor en un montaje teatral, haciendo un personaje de tremenda intensidad y actuado al límite. También me topé con él, fungiendo como principal de una agencia cultural de gobierno. Siempre, en los momentos que estuvimos físicamente cerca, yo intentaba el coloquial tuteo, el que era adecuadamente desbaratado con un usted, que no admitía sino la certeza de que "el horno no estaba para bollos". O, como diría quien usted sabe, no había vuelta que darle. Algo compungido, pero sabedor que me lo encontraría convertido en una columna dominical, me conformé.

Poseedor de una ironía rotunda y de atrevida perspicacia, Loncón ha hecho el deleite de muchos y muchos lectores. El asunto estriba en qué mecanismos semióticos usa para articular su discurso y, claro está, qué efectos produce. Comienzo por el estilo. El estilo podría denominarse coloquial o, en otras palabras, suelto, ligero, cómodo. A diferencia de este servidor, Loncón no emplea palabras difíciles y, si las utiliza, lo hace con la seguridad de un lector que ya las sabe. Pero, como el buen narrador que es, la estructura de cada crónica encabalgada ora como un relato ora de manera epigramática, centra el asunto y le saca partido desde el comienzo con disquisiciones que aparentemente difíciles, no pasan de ser un juego que, inadvertidamente, ejecutará el que lo lee, provocándole astutamente la sensación de quien es cómplice del escritor.

Tengo la impresión que esta picardía de nuestro archivero es una de las claves que genera adicción en no pocos puertomontinos. Pero es un truco. Sin embargo, pasada revisión a su estilo y a partir de éste, es la hora de extendernos sobre su contenido, haciendo pié en que para muchos estudiosos la forma y el fondo son absolutamente interdependientes; Loncón, parece saberlo y manejar con maestría el dato estructuralista aludido. Con frases cortas, con micro desarrollos, cada tema puede ser leído sin apuro. Aunque, en algunos de sus trabajos, verbigracia en El invierno del Patriarca (8/3/2009), Loncón cambia la estructura, espesando sintaxis y discurso con cuidado para dar cabida a un comentario más enjundioso e intelectual (estuve a punto de escribir "cerebral" pero sería impropio: Jorge Loncón es supremamente cerebral siempre).

El artículo que menciono, en una no disimulada alusión a una novela de García Márquez, Loncón parece arremeter con todo contra el anciano y arrogante Fidel Castro, que a la sazón, ya retirado a sus cuarteles de invierno, dispara saetas envenenadas a diestra y siniestra, según yo lo imagino, imagen que propongo pero que el texto lonconiano jamás haría. Para mantener la severidad del texto, Loncón sugiere en las postrimerías de su trabajo, que los dictadores son distintos pero que las dictaduras sí tienen todas algo en común, el culto a la personalidad. ¿Está decididamente o no, contra el "dueño de la isla" -como le llama a Castro-? No se sabe. Afirmarlo o negarlo sería una jugada estólida. Y ésa es la gracia. En otras oportunidades, nuestro cronista tampoco vacila en jugárselas, llegando a lo políticamente incorrecto: en medio de una tormenta de denuestos y descalificaciones para con una joven política del actual régimen, la apoya con "camión y carro", cual caballero andante. Su texto Paula Narváez, al que me refiero, no permite bajo ningún respecto presumir que Loncón es un adulador del gobierno, pero sí un admirador de la activista, hoy en la vocería de un candidato presidencial.

Sin embargo, a la hora del elogio, cabe señalar dos masterpieces inolvidables y, a la vez, recientes, La historia oculta del Guatón Loyola (16/08/2009) y La historia oculta de la comadre Lola (30/08/2009). Se trata de una zaga que, partida en dos, manipula la celebérrima leyenda urbana del Guatón Loyola y la cueca no menos famosa en que, deliciosamente, emerge también un personaje casi incógnito, la comadre Lola: ambos significantes son deconstruidos por Jorge Loncón, haciendo que bajo los mismos transcurran significados perfectamente narrativos y ficcionales que, a la postre, tejen leyendas de filiaciones, parentelas, compromisos políticos y, tal como hoy, deslealtades y traiciones políticas, éstas del peor cuño.

Sin apuro, Loncón va dibujando una alegoría de la clase media chilena, pícara, egoísta, poco solidaria, más cómplice que leal, oportunista, casi malévola. Hay un recurso que no se capta sino cuando se confrontan ambos textos. El Guatón y la comadre tienen cosas en común, por ejemplo, su origen en nuestro Puerto Montt, su clase social, su medianía cultural y ética. En ambos relatos, como se hace evidente tras el análisis, los dos protagonistas emblematizan la forma de hacer y hacer-se en la cultura que Loncón propone como modelo o plataforma para, desde allí, examinar lo que el puertomontino es...y no es, y para ello los hace emigrar al centro del país, donde terminarán por disolver sus peculiaridades identitarias, hecho nada inocuo.

De otro lado, pienso, las figuras son asimétricas: del Guatón Loyola su descendencia será emblematizada en el guatón chileno de Lost y la protagonista del film nacional La Nana. La comadre Lola, en cambio, sólo engendra políticos de variada condición. El Guatón tiene, en el retrato de su envergadura humana, el vaso medio lleno y, la comadre, el vaso medio vacío. Al punto que, personalmente, me quedo con el mítico gordiflón.

Es verdad, también me quedo con el notable y sabroso Jorge Loncón. Con su inteligencia sin alardes, con su erudición sutil, con su arte del retrato y de la crónica de la mejor prosapia. Asimismo, con su ironía demoledora capaz de perseguir al lector durante largo tiempo y no dejarlo tranquilo. Loncón parece decirnos al oído, "... es la sociedad en que vives, tómala o déjala, pero te seguirá: es ya parte de ti". Puede ser. Aunque también puede no ser. Es cierto: la médula del escritor Loncón está en ocultar, con sabiduría, la esencia de su propia jugada de dados. Él cierra la puerta de su mismidad para mostrar únicamente el claroscuro de su estupenda escritura.

¿Dónde está Loncón? Como en la teleserie que evocamos, sabemos todo de sus artículos y podríamos precisar su ubicación en el oficio del escribir, sólo que del hombre, casi podría asegurarlo -ése que engendra al cronista, ése que sopla el alma del escritor - acaso jamás lograremos encontrarlo. Quizá sí me atrevo a asegurar que tras la ironía de Jorge, hay una fundada esperanza en un mejor mundo para todos. Sí, a eso apuesto. Y muchas gracias, Loncón.

 
       
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