20 de julio de 2014

COCINAS Y COCINEROS
Por Jorge Loncón

Es raro ser invitado a una parrillada, y encontrar que - a la hora de planificarla - se acuerda un deslavado plato de tallarines blancos, con ausencia de ketchup y de ají. Algo ocurrió con los cocineros, algo que les obligó a arrancarse con los tarros. Es raro y sorprendente también, que un señor muy agrio y con unas patas enormes (perdón, pies), y en el que se adivina un gusto excesivo por los garbanzos, se presente luego públicamente arrogándose la paternidad de una guagua que todavía no nace. Si a lo anterior agregamos que el lugar elegido para la planificación de la parrillada, es el domicilio de un cocinero conocido por su aversión a las parrilladas, el asunto se torna sospechoso y revuelto.

Cuando los cocineros anuncian públicamente el guiso, foto mediante, sorprende la abundancia de rostros que - se sabe - son partidarios de platos más internacionales. Las sonrisas, que traspasan la línea de las orejas, hacen que el asunto resulte más extraño que la elección de Messi como el mejor jugador del Mundial de fútbol. En la foto de quienes están sentados tras la mesa, hay un pensativo amante de las parrilladas, hay otro que hasta zapatea en las fiestas típicas (gastronomía incluida), pero flanqueados ambos por aquéllos que no gustan de las parrilladas.

Luego, es reivindicada la propiedad de la cocina, porque en ella no entran todos. Sólo los iluminados tienen acceso, y hacen ostentación de ese “acceso” al lugar donde se hierve, se fríe y cuece a fuego lento. Por otra parte, se aprovecha de enviar mensajes que defienden enfáticamente los tallarines blancos. También, son taxativos en afirmar que nadie refundará la disposición de la mesa porque donde manda cocinero no manda capitán. Uno de los iluminados ( que es lo mismo que decir “uno de los elegidos”) se olvida que la invitación era a una parrillada, y que, aunque haya picoteo, ese es el plato esencial y nadie puede atribuirse la capacidad de re-ordenar el menú. Hay que recordar que el menú fue votado y ganó la parrillada. Así que, a quien haga mal la carne, que no pretenda que el resto se adapte a su dieta (no parlamentaria).

En verdad, cocinar es un arte, y no todos los elegidos son los llamados a cocinar. Pero es feo que se hagan cargo de la cocina quienes no han sido ni elegidos ni llamados. Tengo la impresión que hay mucha desazón en la masa de invitados. Confiar cuchillos a quienes van a cocinar tallarines, resulta en extremo curioso, confuso y peligroso. Y se presta a especulaciones, porque en el equipo en cuestión, hay especímenes que - uno sospecha - , con suerte son capaces de preparar un par de huevos fritos, o un pan con salchicha y mayonesa. “Hay gente que respeta las leyes y le gustan las salchichas, y es porque no sabe cómo se preparan ninguna de las dos”, dice la Ley de Murphy.

En todo esto, los ingredientes juegan un rol fundamental. Y la lista de esos ingredientes estaba también acordada, pero si cambia el menú cambian los ingredientes e insumos, aunque decirlo sea de Perogrullo. Si se trata de la parrillada, no podemos prescindir del carbón, de la cebolla, de la sal y la cerveza para adobar la carne. Para los tallarines, basta el agua hirviendo y una buena tijera para abrir el paquete. Y este instrumento también marca profundamente la diferencia. Para la parrillada se necesita el cuchillo carnicero. Para los tallarines - incluida la cocina y la información que de ella se entrega- basta con unas tijeras de tamaño familiar. Porque, en el fondo, la cuestión se transforma en una cosa de familia. O de familias.

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