23 de noviembre de 2014

ESPEJO, ESPEJITO….
Por Jorge Loncón

A cierta edad, uno comienza a experimentar ciertas alteraciones mentales, que son muy útiles para mantenerse lúcido. A veces, la gente encuentra muy chistosas tales alteraciones, pero la verdad es que son cosa seria, más allá del excelente ejercicio que significa reírse de uno mismo. Sólo los estúpidos no se ríen de nada, ni le encuentran el lado amable a ciertas salidas de madre que con frecuencia, iluminan a las personas, mucho más de lo que pudiera hacerlo un conjunto de reflectores de Chilectra. El otro día hubo una tremenda escandalera porque la Diputada Marisol Turres, le dijo al Presidente de EE.UU: “¡Obama, i love you!”. ¿Qué tiene de malo? Aparte de revelar un excelente dominio del idioma inglés, ella hizo uso de su libertad de expresión. A través de éstas líneas, le expreso toda mi solidaridad a la Diputada y le envío un mensaje en el mismo idioma: “mí comprenderte”. Además, criticaron al Diputado Espinoza por decirle a Obama “somos de Chile” y por sacarse una foto con el Presidente de México. Lo primero es muy oportuno, porque Obama no tiene idea de dónde está Chile, y en una de ésas nos libramos de un bombardeo con invasión incluida, porque el Nobel de la Paz es “seco” pa’ las balas. Respecto a la foto con el Presidente de México, ¿qué? En Chile hay gente que se fotografía con Andrés Velasco y nadie les dice nada.

Volviendo al inicio de esta digresión, sucede que cuando uno tiene oficina solo, trabaja solo, y es el responsable de lo que haga y de lo que no haga; de lo que haga bien o de lo que haga mal, se comienza a echar de menos la compañía, el espacio exterior. En suma, abandonar por un rato la Dimensión Desconocida, y enfrentar a los feos, sucios y malos, como dice la homónima película. Pero como eso es difícil, uno – tecleando, tecleando - empieza a soñar con un equipo a disposición, para cambiar al mundo, implementando como primeras medidas, la cadena perpetua para Obama y para Putin. Fue así como un piadoso amigo, me sugirió colocar varios espejos en las paredes, a fin de contar con un equipo de personas laborando al unísono, al mismo ritmo, en el mismo idioma y con idénticos objetivos. Le hice caso y compré tres espejos, los que fueron instalados en lugares estratégicos de la oficina, de manera que – automáticamente - mi unidad pasó a tener cuatro funcionarios.

Las cosas cambiaron radicalmente. Cada mañana reunía a los muchachos (todos muy parecidos a mí), les daba instrucciones y nos sentábamos a trabajar sin pausa. Todos hacíamos lo mismo: contestábamos el teléfono, dábamos instrucciones y funcionábamos como una sola persona. Espíritu unitario como ése, no he visto otro. Eramos como un solo cuerpo y yo me sentía el Jefe más afortunado, porque no es fácil tener un equipo sin gente díscola. Hasta allí todo bien. Pero hace un par de días, mientras dos de los tres espejos reproducían exactamente mis acciones, y trabajaban sin pausa, el tipo del tercer espejo se enderezó, me miró fijamente, tomó un libro y leyó en voz alta un poema de Neruda. Opté por hacerme el desentendido. No quiero, no es bueno, no es prudente entrar en una disputa con el personal a mi cargo.

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